MOMENTOS DE CARTONPIEDRA
A Cristina Caja, termómetro vital de emociones confusas
“Volvió la lluvia.
No volvió del cielo
o del oeste.
Ha vuelto de mi infancia...”
(Oda a la lluvia)
P. Neruda
Probablemente el ascensor sea uno de los lugares más insólitos en los que un ser humano puede hallarse a lo largo de su existencia: un espacio hermético que parece aproximar confidencias a banalidades y en el que, paradójicamente, los humanos hablan del tiempo.
Ayer mismo pude escuchar dos partes meteorológicos diferentes. El vecino del sexto, Damián, aseguraba con una vehemencia irrefutable que la lluvia cesaría –ya lo verá usted, joven- a partir del miércoles. La del tercero auguraba además una drástica bajada de temperaturas.
No. Nunca he entendido ese feroz empeño por hurgar en los cambios atmosféricos. He probado en otros bloques de viviendas y en todos se reúnen las mismas camarillas isobáricas para determinar el rostro que tendrá la tierra al día siguiente.
Hoy he subido hasta el ático con una mujer, tan silenciosa como atractiva, que se miraba tercamente las puntas de los zapatos.
Estoy perdido… -me he escuchado decir, tratando de resolver mi desasosiego.
Ella ha levantado los ojos y me ha mirado pausadamente de pies a cabeza con una ternura inesperada.
Con este tiempecito no se puede salir a la calle sin paraguas –me ha dicho cálidamente al oído mostrándome el suyo.
Era estampado; con mango de madera.
Bernardo Bersabé
Diciembre, 2007
Durante la era glacial, muchos animales morían por causa del frío. Los puercos espín, percibiendo esta situación, acordaron vivir en grupos, así se daban abrigo y se protegían mutuamente. Pero las espinas de cada uno herían a los vecinos más próximos, justamente a aquellos que les brindaban calor.
Y, por eso, se separaron unos de otros.
Nuevamente volvieron a sentir frío y tuvieron que tomar una decisión: o desaparecían de la faz de la tierra o aceptaban las espinas de sus vecinos. Con sabiduría, decidieron volver y vivir juntos. Aprendieron así a vivir con la pequeñas heridas que una relación muy cercana les podía ocasionar, porque lo que realmente era importante era el calor del otro.
Fue así como sobrevivieron.
La mejor relación no es aquella que une personas perfectas, es aquella donde cada uno acepta los defectos del otro y consigue perdón por los suyos propios.
Un hombre es dios cuando todos sus súbditos
se comportan ante él como rey.
Un dios es hombre cuando sus milagros
dejan de interesar a los sumisos.
Un desnudo deja de tener frío
cuando el ingenuo le clava los ojos.
Un poeta pasa a ser inmortal
cuando puede ajusticiar la belleza
en favor de la verdad.
© Bernardo Bersabé
© Bernardo Bersabé
MALOS RECUERDOS
...un hombre encuentra en su ciudad no sólo su determinación como persona y su razón de ser, sino también los impedimentos múltiples y los obstáculos invencibles que le impiden llegar a ser, ...un hombre y una ciudad tienen relaciones que no se explican por las personas a las que el hombre ama, ni por las personas a las que el hombre hace sufrir...
Una vez concebida la idea de mi poema, la primera pregunta que me hice fue sobre el metro en que debía desarrollarlo. Sin vacilar pensé en el verso libre, porque si hay un tema que exija esta nueva forma, ese tema es el mío, por su misma primitividad de vida libre. Por otra parte, yo hubiera deseado hacer muy grande, muy fuerte la creación del poema, y ese mismo deseo de grandeza me pedía mayor libertad, absoluta amplitud.
Los retóricos españoles confunden el verso libre con el verso blanco. El primero es una mezcla de ritmos armoniosa en su conjunto y de versos perfectamente rimados en consonante o asonante (o en ambas rimas), y el segundo es siempre de igual número de sílabas y sin rima.
El poeta antiguo atendía al ritmo de cada verso en particular, el verso-librista atiende a la armonía total de la estrofa. Es una orquestación más amplia, sin compás machacante de organillo. A las protestas de los retóricos adocenados diremos que cada uno de los metros clásicos oficiales y patentados, significó, también, en un tiempo, la conquista de una nueva forma, de una nueva libertad. Y a los que no perciben la armonía del verso libre les diremos que reeduquen bien su oído, su pésimo oído, puesto que soportan con gusto largas tiradas de versos iguales que a veces durante media hora están apaleando el oído o cada cierto número fijo de sílabas.
También les diremos que recuerden que cuando Boscán llevó a España el endecasílabo italiano fue rudamente atacado y que nadie percibía entonces el ritmo del verso que pocos años después sería el favorito de la alta poesía clásica castellana.
Todo evoluciona; confiemos también nosotros en la evolución de los malos oídos, confiemos en que algún día percibirán todos el maravilloso ritmo interior.
La idea es la que debe crear el ritmo y no el ritmo a la idea, como en casi todos los poetas antiguos.
Rara vez las explicaciones del artista acerca de su arte resultan de verdad aclaratorias para los demás. En ese hecho, siempre repetido, se ha querido ver una comprobación de la tesis que proclama inconsciente el genio creador; frente a sus frutos, el individuo que le sirve de soporte se hallaría, después del rapto, en el mismo estado de atónito desconcierto que el más ajeno de los espectadores; de ahí su inhabilidad para dar cuenta cabal de su propia obra.
"Escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en que, precisamente, por la lejanía de toda cosa concreta se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas.
Pero es una soledad que necesita ser defendida, que es lo mismo que necesitar de justificación. El escritor defiende su soledad, mostrando lo que en ella y únicamente en ella, encuentra."
Reconozco tu grandeza,
sufrida huésped que
-a cambio de mis derrotas-
no pagas inquilinato alguno
por la morada que te presto,
este domicilio traidor,
silenciosa fortaleza de un tiempo
que algún día abandonaré, muerto.
Gracias por tu playa de invierno,
tu cielo color estaño,
tus maderos de palabras,
tus olas con sabor a nada.
Me das la libertad para el juego
pero me atas siempre a la memoria.
Me ofreces la sombra de tu cuerpo
siempre disfrazada de virgen,
ceñida lencería de acero
y piernas abiertas de silencio.
Sabia tirana cuyo discurso
siempre está por escribir.
Mosca molesta que te acercas
zumbando al calor de la desgracia.
Estufa de borrachos, a quienes
calientas a base de indiferencia.
¿No te bastó ya
con ser reina de mi juventud,
sabiendo que serás una tormenta
en mi vejez, atesorando lamentos?
Gracias, pero no salgas
más de tu oscuro cuarto,
ingrata compañera de condena.
© Bernardo Bersabé
Madrid, 9 de enero de 2006
No te acerques más, árbol
que si tus hojas secas
se prenden en el ascua
de mi corazón
arderá todo el mundo.
Quédate en ti lo mismo
que un perro enfermo, árbol,
contempla con sosiego
la puesta de este sol,
y sé buen guardián
de tu bosque.
Tú has sido para mí,
el bosque todo, tú, el amigo
natural.
* Poema inédito, recientemente aparecido en una carta dirigida a Gerardo Diego.
Las cosas hoy dispersas se reúnen
y las que están más próximas se alejan,
penetrando en la soledad del aire,
asediando al silencio.
Un globo infantil perdido en el espacio,
el azul cierto de la noche,
y nuestros cuerpos izados
—lanzados todos—
como un espectro hacia lo alto.
Y en el abismo de su penumbra
—cuánto cielo por ganar al cielo—
no descienden, no retroceden:
se alzan sobrevivientes.
Cuántas veces contemplarán
nuestros ojos la misma escena
con otras tantas emociones.
La noche, al fin y al cabo,
es transparencia deseada
pues paseamos por ella enjoyados
—quizá para no ser reconocidos—
y su nitidez evanescente y voraz
es la luz desnuda que nos cobija.
Hoy flotaba su tierno añil por las aceras.
Madrid, 5 de enero de 2005
© Bernardo Bersabé
A LA LÍNEA
A ti, contorno de la gracia humana,
recta, curva, bailable geometría,
delirante en la luz, caligrafía
que diluye la niebla más liviana.
A ti, sumisa cuanto más tirana
misteriosa de flor y astronomía
imprescindible al sueño y la poesía
urgente al curso que tu ley dimana.
A ti, bella expresión de lo distinto
complejidad, araña, laberinto
donde se mueve presa la figura.
El infinito azul es tu palacio.
Te canta el punto ardiendo en el espacio.
A ti, andamio y sostén de la pintura.
Una buena receta, para terminar el año. Feliz 2006.
EN el mar
tormentoso
de Chile
vive el rosado congrio,
gigante anguila
de nevada carne.
Y en las ollas
chilenas,
en la costa,
nació el caldillo
grávido y suculento,
provechoso.
Lleven a la cocina
el congrio desollado,
su piel manchada cede
como un guante
y al descubierto queda
entonces
el racimo del mar,
el congrio tierno
reluce
ya desnudo,
preparado
para nuestro apetito.
Ahora
recoges
ajos,
acaricia primero
ese marfil
precioso,
huele
su fragancia iracunda,
entonces
deja el ajo picado
caer con la cebolla
y el tomate
hasta que la cebolla
tenga color de oro.
Mientras tanto
se cuecen
con el vapor
los regios
camarones marinos
y cuando ya llegaron
a su punto,
cuando cuajó el sabor
en una salsa
formada por el jugo
del océano
y por el agua clara
que desprendió la luz de la cebolla,
entonces
que entre el congrio
y se sumerja en gloria,
que en la olla
se aceite,
se contraiga y se impregne.
Ya sólo es necesario
dejar en el manjar
caer la crema
como una rosa espesa,
y al fuego
lentamente
entregar el tesoro
hasta que en el caldillo
se calienten
las esencias de Chile,
y a la mesa
lleguen recién casados
los sabores
del mar y de la tierra
para que en ese plato
tú conozcas el cielo.
PUEDES JUNTAR LAS MANOS
La gente dice:
Polvo,
Sideral,
Funerario,
y se queda tranquila,
contenta,
satisfecha.
Pero escucha ese grillo,
esa brizna de noche,
de vida enloquecida.
Ahora es cuando canta
Ahora
y no mañana
Precisamente ahora.
Aquí.
A nuestro lado...
como si no pudiera cantar en otra parte.
¿Comprendes?
Yo tampoco.
Yo no comprendo nada.
No tan sólo tus manos son un puro milagro.
Un traspiés,
un olvido,
y acaso fueras mosca,
lechuga,
cocodrilo.
Y después...
esa estrella.
No preguntes.
¡Misterio!
El silencio.
Tu pelo.
Y el fervor,
la aquiescencia
del universo entero,
para lograr tus poros,
esa ortiga,
esa piedra.
Puedes juntar las manos.
Amputarte las trenzas.
Yo daré mientras tanto tres vueltas de carnero.
En la lenta tarde del invierno,
riegas de baladas esta casa
solitaria y fría, acechando
con tus labios mis muros de cristal.
Respiras como flecha engañada,
escapando de tu monasterio
-ráfaga ilustre, áspero aliento-
para flirtear con las campanas.
Hoy sentí tu boca desdentada,
y pude –al fin- distinguir tus pasos.
Tu risa invasora me dio frío,
tus pasos mojaron el silencio.
© Bernardo Bersabé
AUTOBIOGRAFÍA
Como el náufrago metódico que contase las olas
que faltan para morir,
y las contase, y las volviese a contar, para evitar
errores, hasta la última,
hasta aquella que tiene la estatura de un niño
y le besa y le cubre la frente,
así he vivido yo con una vaga prudencia de
caballo de cartón en el baño,
sabiendo que jamás me he equivocado en nada,
sino en las cosas que yo más quería.
"De la disputa con los demás hacemos retórica. De la disputa con nosotros mismos hacemos poesía"
Respuesta a un poeta:
Vacía las palabras, haz que callen, límpialas de ellas mismas para contar tu historia. Lo que buscas existe dentro de lo que encuentras, como oro está en sombrío, o arco está en corazón.
Cuida que lo que dices no sea como el vaho del que empaña un cristal para escribir su nombre sobre un mundo vacío. Procura que el silencio se lea en tus poemas, pero jamás olvides saber qué está del lado de la llave, qué está del lado de la cerradura.
Cava el pozo de lo que nadie ha dicho y persigue el rumor de las cosas sin nombre. Pero recuerda siempre esta verdad: las tormentas de arena sólo son el desierto que avanza hacia el desierto.
Vacía las palabras, qué más puedo decirte. No desprecies la luz ni desprecies lo oscuro. Vacía las palabras como quien drena un lago.
Cuando tu lengua escarba mi cuerpo lacerado que fue tan sólo tuyo durante un tiempo espeso, inmortal y perfecto. Entonces tú terminas y yo comienzo a amarte. Cuando he rugido cóncava debajo de tus piernas, y has dejado un reguero de sal y hierbabuena sobre mi piel reseca. Entonces tú terminas y yo comienzo a amarte. Cuando la luz se apaga y tu cuerpo se queda tendido y olvidado entre blandas semillas. Entonces tú terminas y yo comienzo a amarte.
© Ercilia Cepeda (México)
"El arte o la producción de imágenes lleva consigo un componente comunicativo, expresa algo, guarda un mensaje con significado dentro de la sociedad para la que fue creado"
Jose Luis Sanchidrián (Manual de Arte preshitórico - Ariel)
DEDICATORIA Más allá de donde aún se esconde la vida, queda un reino, queda cultivar como un rey su agonía, hacer florecer como un reino la sucia flor de la agonía: yo que todo lo prostituí, aún puedo prostituir mi muerte y hacer de mi cadáver el último poema.
Últimamente el salto de pértiga ha pasado a ser noticia y -simultáneamente- deporte de supervivencia. Por un “vaya usté a saber por qué” artimaña del azar sociopolítico, ciertos saltos desde el trampolín de la pobreza se han convertido en una atractiva algarabía mediática. Antes era sólo un murmullo que los esquivos oídos occidentales no querían oír. Desde hace unos meses no se escucha otra cosa.
Hasta que esas piltrafas humanas -negras, enganchadas en espinos- han despertado nuestras conciencias, no hemos llorado en nuestras butacas. Han tenido que pasar años de desidia oficial y oscurantismo para que nos diésemos cuenta del furor de sus sueños, de lo desgarrador de la vida en esos países y de los deseos de vida del Sur, que efectivamente, también existe. A ese mismo territorio nos quisieron confinar, hasta hace bien poco, nuestros queridos hermanos europeos.
Parece mentira que la última frontera que separa a esos seres humanos de sus quimeras sea de fiero y lacerante acero. Que nuestras almas no hayan dado nunca un brinco con los gritos y desgarros de su carne. Al menos, con ese molesto aullido de piedad, nuestras conciencias dejaron –tan sólo por una vez- de bostezar en los telediarios.
A los africanos no sólo les estamos arrancando a pedazos la piel con nuestros alambres de espinos, los mismos que delimitan los movimientos del ganado; les estamos cercando algo aún más importante: sus sueños.
Y es que en este latifundio de la opulencia mal entendida, tan sólo los que no morimos de hambre tenemos derecho a soñar con un mundo mejor.
Madrid, 29 de noviembre de 2005
LOS HILOS IMPOSIBLES
Esta noche repaso la caja de los hilos.
El día me ha dejado en su interior
bobinas de memoria
y una foto guardada
de Marilyn con medias de rejilla.
Son los hilos de un día
enhebrado en amores imposibles,
sitios imaginarios
por donde merodea la aguja de las letras
y deja más decentes
esos huecos que el tiempo no ha sabido
rellenar con su paso.
Todo debe quedar igual que lo encontré,
el morado, el naranja,
el dedal, los imperdibles. Y Marilyn
con medias de rejilla
me ve desde su foto
y sospecha que no he de conseguirlo.
No me llegan los hilos
para hacer un remiendo
en su falda de tablas esta noche.
Pablo Martín Coble.

A Paula Bersabé
“El futuro nos tortura y el pasado nos encadena. He ahí
porque se nos escapa el presente”. Gustave Flaubert.
¿Es posible que no te haya
visto pasar, joven hermano,
embelesado como estaba
en los trayectos de tu reino?
Me apoyé en tu espina dorsal
pero tu resbalada espalda
y tu látigo cadencioso
destrozaron mi frente al caer.
“Quien codicie luz del mañana
ha de acorralar los fantasmas
de su inquebrantable pasado”...
Yo los tapié -los amurallé-
con viejos mármoles de dolor.
Y paseaste a mi lado
como un viajero jocoso.
Fuiste después al encuentro
de otras deliciosas carroñas
iluminando sus dominios,
como un demonio disperso.
Quizá fuese entonces cuando
hubiera sabido encontrar el
lugar verdadero en que habitas.
© Bernardo Bersabé
Madrid, 21 de noviembre de 2005
Respetábamos entonces los límites imprecisos de toda frontera: esa línea cercada entre lo imposible, lo anhelado y lo evidente. A partir de ese instante comenzamos a vulnerarla con respeto de amantes cumplidores en su lujurioso afán semanal.
Quienes escribimos somos dueños de un limitado mundo propio al que damos vueltas. Somos habitantes de una casa solariega en la que de vez en cuando se produce el desprendimiento de un tabique, se celebra un banquete de bodas en el jardín o ciertas goteras comienzan a hacerse visibles para las visitas.
Las causas por las que alguien decide cambiar ese domicilio son tan indescifrables como el camino del éxito, esa ramera con poco trabajo que abre o cierra sus piernas a capricho y no precisamente cuando el fuego del cuerpo precisa de sus servicios.
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"Quienes nos dedicamos a la escritura somos sospechosos de dedicarnos a lo que queremos, pues suele identificarse la actividad literaria con un acto libérrimo de la voluntad, y puede que sea así, al menos en parte, porque estaría por ver hasta qué punto esa libre voluntad no se corresponde con una ínfima y secretísima esclavitud: la necesidad de edificar un castillo confortable en el que poder hospedar a ese fantasma que es uno mismo ante sí mismo cuando se queda a solas con sus fantasmagorías.
Y en eso estamos".
"..decidimos ser libres para romper con una idea litúrgica del tiempo, definida por los ritmos cíclicos o por las verdades estancadas, y nos encontramos ahora, en la última estación de la carrera de nuestra modernidad, hablando del final de la historia, de sistemas perfectos y órdenes que parecen estar por encima de nuestra voluntad. ¿No parece hoy ridícula la idea de que el mundo puede ser transformado ? Ideamos artilugios para viajar más rápido, para agilizar el trabajo de las oficinas y aligerar mecánicamente las labores domésticas. Hemos acortado el diezmo de las obligaciones y ensanchado los años previsibles de la vida. Sin embargo es muy difícil encontrar hoy un desocupado entre nosotros. Los sabios apenas conocen la productiva pereza del retiro espiritual, asalariados en el tajo de los cursos de o verano y las universidades paralelas que derrochan el dinero que falta en las universidades estables. Los cargos públicos han perdido la envidiable grandeza de la ociosidad que antiguamente los definía; y si lo pensaran bien, dejando a un lado el prurito de mandar y figurar, se darían cuenta de que su calidad de vida es ínfima, de que hay personas que viven cultivando su jardín mucho mejor que ellos despachos, en sus reuniones, en sus inauguraciones. Con esto no quiero decir que los políticos sean hoy unos servidores abnegados del pueblo, porque tal y como está la política es imposible que llegue a mandar nadie que tenga sólo voluntad de servir. Por voluntad de servir no devora uno a sus propios compañeros, no se conspira internamente en los partidos, no se batalla en la elaboración de listas electorales. Por voluntad de servir no confunde uno las ideas políticas con un puesto permanente de trabajo. No, lo que quiero decir es que los políticos son siervos de su propia mentira y tienen una idea errónea de lo que significa ser felices. Por ejemplo, todos viven bastante peor que yo. Sé que nadie me envidia, pero tampoco necesito la envidia ajena para vivir ".
Tenías dulce la pupila al mirarme,
de tu afilada boca brotaban palomas.
Mi mano fría tentaba en la niebla
y apareció tu lámpara encendida,
aquella tarde inmensa.
© Bernardo Bersabé
Salou, 26 de septiembre de 2005
"Para escribir poesía hay que abrirse al mundo, hay que leer. Hay que atreverse a matar un mal verso para parir un buen poema" Paul Valery.
Esculpimos allí,
con música y ascuas,
la noche –bloque de mármol-
entre caricias.
Me conmueve el recuerdo
de tu lenta piel blanca,
tu mano abandonada en mi mano,
el plomo de tus ojos atados,
la dispersa claridad de nuestras voces.
Hoy siguen allí las olas del tiempo,
aquel galeón sin amarras,
y más allá -escrito en el agua-
el recuerdo de tu arena malvada,
de tu lengua de sótano buscando
la ceniza de mis piernas.
© Bernardo Bersabé
Madrid, 18 de octubre de 2005
..como quienes pelean en la guerra para
no matar, y a la vez, mantenerse vivos.
A Juan Pedro Sanmartín
Era el tuyo un rincón de olvido,
viejo olmo centenario,
hoy abatido y muerto.
Nada evitó -Gran Capitán-
tu golpe de acero
al caer desplomado.
Dos siglos de pueblo y pólvora,
y tanta dureza acumulada
en tu vestidura podrida.
Hambre y dolor escondías
bajo aquel cuerpo de leña.
Tu sueño inerte soporta ahora
la indolencia de cuantos pasan.
Quizá queden, en el hueco
que dejas –ya tiradas-
algunas lágrimas grabadas,
y -a qué mentir- alguna bala.
En ti ya no sonará la cigarra,
ni aquella canción de verbena,
mitad metal, mitad madera.
Tú, que guardabas en tus manos
amputadas un alfabeto de truenos,
escuchas hoy la sorda voz
de la indiferencia humana.
Que no sea en balde
tu excavada muerte,
árbol de rugosa ternura.
Y que las flores de la vida,
que no te tocaban, caigan
en el foso que abandonas.
© Bernardo Bersabé
Madrid, 3 de noviembre de 2005
Llegas a la isla inmóvil de la noche
con sílabas templadas en la lengua
-ardientes estrellas, orillas arrogantes,
alhajas de papel dormidas-
regalos aún por abrir en tu boca.
En la mañana querrás reunirlas todas,
pero desconoces aún cómo encontrar
la entrada de esa cueva inhóspita
-voz confusa- donde las palabras
se agotan en su propio galope traidor.
Ajena a sus carceleros,
condenada por el ego de un juez,
con sus pechos de diosa,
tu mano muerta.
El camino del desamparo
-incierta voz de viento-
te condujo hasta ellas,
y van disipándose sin apenas infierno.
Inapelable condena,
a veces el destino de tus emociones
no se aviene al azote fértil del ingenio
y queda –como gota temblando-
muerto en un cofre perdido,
sintiendo el frío atroz de la indolencia,
esa sustancia imperfecta.
© Bernardo Bersabé
Madrid, 26 de octubre de 2005
Palabras blandas,
alteráis con vuestra niebla
el silencio valeroso.
Palabras de aparente sabiduría,
iluminadas con timidez
por un fulgor breve.
Palabras rumor
-la alta voz de los presos-
plegada bandera transparente.
Palabras cáncer terminal,
sobrevivís cauterizadas
por el fuego del rigor.
Palabras literatura
-arte enmudecido-
encerradas en vuestra propia virtud.
Palabras filtro,
diccionarios cadavéricos
de la metáfora.
Palabras altivas:
único, zanjado, perfecto...
implorando sabidurías solemnes.
Palabras piedra
-la vanidad del estilo-
inmóviles en una cordillera.
Palabras limón,
en cuyas rugosidades
se esconde la verdad.
Palabras lectura en silencio,
síntoma venturoso
de discreción tácita.
Palabras destinadas al fracaso
-intolerancia, maldad, soldado-
harina de áspero trigo.
Palabras políticas,
que escondéis dulcemente
vuestras garras de ladrón.
Palabras flor de plástico,
tan útiles e inalterables,
tan reflejo del mundo de hoy.
“Palabras de amor”,
tantas veces ocultas
tras las cancelas del usufructo.
Palabras paz,
combatís desnudas, en el fortín
de la libertad desterrada.
Palabras libres
que no sois sonido,
sino experiencia.
Palabras esenciales,
cabríais todas en una
barra de incienso.
Palabras que sois arte
y sois también vida,
pertenecéis a un mundo
-subordinado de la excelencia-
que profetiza vuestra muerte
y, absorto en su cortejo provechoso,
trata de enamoraros olvidando
el delicado valor de lo imperfecto.
© Bernardo Bersabé
Madrid, 28 de octubre de 2005
Heridas de la luz,
caminos lentos por donde
anduvieron nuestros cuerpos.
Un deseo que creció bajo los ojos
de cualquier madrugada.
Allí siguen los objetos
que oyeron el sonido
de la lujuria en la penumbra,
el ancho lecho en que
ardieron los astros,
los minutos que se fueron
cayendo de tus manos.
Después, las calles
se olvidaron de los ecos.
© Bernardo Bersabé
Madrid, 15 de septiembre de 2005